La historia de Miguel DOMPER, el arriero de Eripol

A finales del verano de 1809 y auspiciada por el oscense don Felipe Perena, que a su vez depende del gobernador de Lérida, se forma una partida guerrillera, cuyo jefe es don Miguel Domper, rico arriero de Eripol, auxiliado por su cuñado, José Paul, con la misión de estorbar a los franceses en el sector del Cinca comprendido entre Aínsa y Barbastro. La primera acción que conocemos de esta partida tiene lugar el 14 de septiembre, cuando setenta franceses que con trescientas reses bajan de Aínsa hacia Barbastro por la sierra de Arbe, son perseguidos por Domper hasta el río Savia, cerca de Samitier, siendo allí derrotados con la pérdida de las trescientas reses que escoltaban, algunas acémilas y cinco maletas con papeles .

A mediados de enero de 1810, la división francesa de Habert se despliega sobre la línea del Cinca, desde Fraga y Monzón hasta Barbastro, la cual sólo es incomodada por pequeños grupos de resistencia, como el de Domper que desde Lérida actúa esporádicamente en la línea del Noguera Ribagorzana. Con el objetivo de acabar con esta partida, finalizando febrero el general Verges envía un destacamento desde Fraga contra la partida de Domper que se encuentra en Alquézar. Al llegar la noche, los franceses atacan por sorpresa, consiguiendo huir, tras breve y encarnizado combate, Domper y la mayor parte de sus hombres, quedando en manos francesas tres mulos cargados de cartuchos .

Tiempo después, a finales de abril, los franceses organizan una expedición hacia la comarca del Sobrarbe para terminar con las partidas que ocupan la zona del Noguera Ribagorzana, dedicándose a molestar la retaguardia del ejército francés que asedia Lérida. Utilizando la táctica de marchas y ataques nocturnos, logran los franceses desde Aínsa sorprender a las fuerzas de Domper, que ocupan la sierra de Naval, a las que persiguen por los pueblos de Olson, Sarsa de Surta y especialmente Eripol, por ser la villa natal del jefe guerrillero. Domper logra escapar de Eripol con su ayudante antes de la llegada de los franceses, pero éstos en represalia incendian el barrio alto del pueblo, salvándose el bajo por haberles hecho creer un vecino que se trataba de un pueblo distinto, dado que se hallaban separados por algunos campos .

Viendo que por la fuerza no es posible acabar con los guerrilleros, los franceses, a finales de mayo intentan atraer hacia el partido francés a algunos de los oficiales de las partidas, logrando que algunos de ellos se presenten en Aínsa y Graus, pero Domper no se deja convencer, por lo que los napoleónicos vuelven contra él y comienzan una persecución implacable, localizando por fin al noble guerrillero de Eripol en la ermita de la virgen de la Viña en la sierra de Sévil, cerca de Radiquero, donde aquél se había desplazado con su ayudante creyendo que nunca sería descubierto en ese lugar, pero finalmente apresado durante la noche junto con su compañero son ambos fusilados en el acto .

La historia de José PAUL, guerrillero sobrarbense

Este sobrarbense era cuñado de Miguel Domper, al que ayuda a organizar su partida en el verano de 1809 y al que acompañará en todas sus correrías. En junio de 1810 es tentado por Domingo Brun, un altoaragonés afrancesado, para pasarse al bando josefino, lo que rechaza, por lo que enterada la Junta de Aragón le nombra comandante de la guerrilla de Domper, conocida como partida del valle del Sobrarbe .

 

Las Esconjuraderas:

Las esconjuraderas eran pequeñas construcciones, cercanas al templo parroquial al que estaban adscritas que servían para "esconjurar", auyentar, los males que atenazaran al pueblo, en su mayoría en forma de tormentas. En el sobrarbe hay en Asín de Broto, Burgasé, Campol, Asín, Guaso, Almazorre, Mediano y San Vicente de Labuerda. Estas sencillas construcciones de piedra orientadas a los cuatro puntos cardinales tenían como misión luchar contra las tormentas, cuando la tormenta se avecinaba, repicaban las campanas, el cura corría a refugiarse en el esconjuradero, gritaba a viva voz contra la tormenta y expulsaba agua bendita contra las nubes negras.

 

Los Ibones y la historia de Damian "El Cucharero":

Ibón es una palabra aragonesa de oscura etimología. Parece proceder de la raiz iba, que en el antiguo idioma galo hacía referencia al agua. Ibón significa lago de alta montaña, los ibones son los lagos de origen glaciar que salpican una gran parte de las cimas de los Pirineos. Cuentan las viejas leyendas que el fondo de los ibones pirenaicos está habitado por una antigua raza mitológica. En Canfranc vivía hace muchos años Damián, llamado el Cucharero, era hombre de montaña, un poco hosco, escaso en palabras y ducho en recursos, tenía que sobrevivir al duro clima y a las difíciles pruebas que cada día le imponía su hábitat, formaba parte del grupo de pastores de la comarca. Los pastores bajaban a Tierra Plana en cuanto asomaban los primeros fríos, para proteger al ganado y darle pastos en los campos situados más al sur, donde la nieve desaparecía antes, la transhumancia era la forma de vida de la montaña, y nadie se planteaba que hubiera maneras distintas de vivir, o de sobrevivir, aunque, en una ocasión, Damián quiso cambiar su vida, ese año, había sido padre de un niño, cuando marchó al llano el invierno anterior, su mujer le había dicho que encontraría nuevo ganado al regreso, pero él nunca imaginó que se refería a su primogénito, al ereu, el heredero de la casa. Cuando volvió, se encontró con una criatura de meses, y a su madre diciéndole: "El mosén quería que lo bautizara antes, pero he querido esperarte. Le pondremos Fabián, como su abuelo, así tendrá al angel de la guarda y el alma de mi padre que en paz descanse para protegerle toda su vida". Esto lo dijo Damián con lágrimas en los ojos, y sólo había llorado antes una vez en su vida, que recordara, y fué cuando vió caerse a su hermano por las Peñas y matarse al ir a buscar un cordero que se había perdido.El resto del año a Damián se le pasó como en vísperas, y cuando se quiso dar cuenta, el invierno volvía a ocupar su lugar. Pero esta vez el pastor dijo que no bajaba con el ganado, los demás pastores le llamaron loco; el mairal, como denominaban al capataz, al más veterano en la profesión, le amenazó con echarle del gremio, y las mujeres del lugar le hicieron saber lo que pensaban de un mal padre como él. Damián quería celebrar esa Navidad con su mujer y su hijo, como hacían los de los pueblos de Tierra Plana, y después vivir en su casa, no en el monte para conseguir su propósito, había pasado muchas horas tallando madera de boj, con su naballa hizo cientos de cucharas, cazos y cucharones mientras los demás dormían en las mallatas, sólo quedaba ahora recorrer los pueblos del Valle y vender la mercancía, así ganaría el dinero suficiente para sobrevivir al invierno, y la primavera siguiente ya se vería. Pero llegó el 24 de diciembre, la antigua fiesta del Solsticio de Invierno, y Damián apenas había vendido algo. Quedaba una posibilidad: habría que pasar a Francia y probar allí suerte, sólo volviendo con dinero suficiente en la faltriquera podría seguir llevando la cabeza alta en el pueblo. Damián partió hacia las montañas del Puerto aquella fría mañana de la Nochebuena, sin hacer caso de las habladurías de su mujer y de su suegra, estaba harto de oir a las más viejas del lugar contar que en los ibones de Puerto habitaban seres malignos que acababan con los caminantes, si se atrevían a pasar por allí en los días mágicos de los solsticios, el era pastor, y sabía que el verdadero peligro cuando se andaba por las cimas consistía en no reconocer las crepas o grietas en el hielo bajo la nieve, eso sí que era arriesgarse a perder la vida, como le pasó a su hermano. Desayunó fuerte: unos huevos fritos, cebolla y pan. Echó al morral un pan entero y queso. Sobre los hombros se acomodó la mochila cargada con los cubiertos de madera y sin despedirse de nadie, aún de noche, salió hacia Puerto, con la única compañía de su gayata, su bastón de pastor. Llegó al país vecino al mediodía. Las ventas no le fueron mal del todo, se notaba la cercanía de la noche festiva y del día de Navidad, y más de uno solucionó los regalos con el boj bellamente tallado por el artesano, aunque Damián esperaba más, y apuró el tiempo todo lo que pudo, la noche se le echaba encima y era hora de volver a casa, conocía muy bien el camino y confiaba en las estrellas, como tantas otras noches de pastoreo sin embargo la cima del puerto le sobrecogió, nunca antes había sentido esa inquietud, nunca se había notado oprimido por una extraña fuerza que parecía provenir de la misma montaña, la nieve amortiguaba el sonido de las pisadas, el viento estaba calmado y el silencio era absoluto, hasta que escuchó la voz, al principio no se lo creyó, luego ya no tuvo más remedio que mirar hacia la superficie negra y brillante del ibón. Allí no parecía haber nadie, y, sin embargo, la voz venía del lago. No se entendía lo que decía, ni siquiera era posible saber si se trataba o no de palabras pero al poco tiempo, a la primera voz se unieron otras, y todas parecían voces de mujer. A Damián le temblaban las piernas y las manos, dejó resbalar de la espalda el morral y la mochila, y se desparramó su contenido por la ladera de nieve que se extendía a sus pies, el coro de voces seguía entonando una melodía extraña, bellísima, y a cada minuto que pasaba, parecían añadirse nuevas notas, entonaciones imposibles y misteriosas resonancias. Damián comenzó a andar hacia el lago, en lo más profundo de su cerebro le pareció escuchar, debilmente, la cantarina voz de su mujer que lo llamaba, pero enseguida su nombre formó parte del coro de aquellas voces angelicales, y, claramente, resonó en todo el valle una frase pronunciada por gargantas invisibles: "Damián, Damián, ven, ven...". El hechizo de las Fadas de los Ibons del Puerto volvía a elevarse por encima de las aguas heladas, por encima de la nieve oscura, más allá de las cimas... y su poder, su antiguo y desconocido poder venido de otros mundos y de otros tiempos, arrancaba de esta vida al pobre Damián, Damián el cucharero, y le obligaba a arrojarse en los brazos glaciales de los lagos de la montaña, la profundidad de un ibón fue su tumba. Pasados los años, todas las Nochebuenas, un joven montañés llamado Fabián sube al Puerto y arroja una rama de boj, a las calmas aguas del ibón.